Se dice que en una infidelidad existen dos culpables, quien es infiel y quien es víctima. Pero más de allá de eso, lo único cierto es que una vez roto el compromiso de lealtad, deviene el doloroso sentimiento de ser traicionado y el sufrimiento.

Nuestra necesidad de libertad puede ser tan ilusoria como lo es la necesidad de sentirse amado por la misma persona todo el tiempo.
En la vida, nada es completamente estático. El cambio y el movimiento son aspectos naturales en todo lo que existe. Sin embargo nos cuesta mucho aceptar que la realidad no nos ofrece ninguna garantía, ni en las relaciones, ni en nada.

Cuando se produce una infidelidad, en realidad se está manifestando nuestra verdadera naturaleza humana. No es que el engaño sea algo inherente a nosotros, sino que al no atrevernos a ser sinceros,  ya sea por miedo a herir al otro, o por perder a nuestra familia, etc., puede hacernos caer en un comportamiento desleal  primeramente, con nosotros mismos.

Una vez que establecemos un compromiso amoroso con alguien, socialmente es aceptado (y hasta correcto) negarnos asumir el deseo o atracción que podamos sentir hacia otra persona que no sea nuestra pareja, aunque ello implique reprimirnos, ya que mantener el control en este sentido se entiende como el respeto que tengo por este acuerdo de amor y fidelidad. Este acuerdo marca límites implícitos similares a un “no te dejaré sólo”, o “aplacaré tu miedo a la soledad a través de esta relación”, que para muchos puede ser bastante aceptable y llevadero, ya sea porque los hijos van poniendo a la pareja en segundo plano, o porque las exigencias del trabajo no dejan mucho tiempo a favor para ponernos en contacto con nuestras reales necesidades afectivas.

El asunto es que, más allá de lo que hemos establecido como correcto, está la realidad manifestándose ante nuestro ojos y que fluye así mismo, dentro de nosotros.
Esto no se trata de que nuestra esencia sea “infiel”, sino que es prácticamente imposible obligarnos a ser fieles a una idea que rehúye de lo real, si es que dentro de nosotros se ha despertado otra necesidad, ya sea por una persona, o por otro plan de vida. Y como no podemos conocer el futuro, tomar un compromiso, posee un grado de negación a todas las probabilidades que puedan venir más adelante. Sencillamente no las queremos ver.

Teniendo esto claro, la infidelidad puede aparecer entonces en personas que se mantienen demasiado aferradas a la idealización de un futuro similar a lo que “creo me hace sentir seguro hoy”, así como también en quienes temen al cambio.

 

Sin empatía

Por otra parte, existe otro componente no menos importante, que hace que se manifieste una traición. La falta de empatía.
Las personas extremadamente centradas en sí mismas, son las más propensas a caer en este tipo de comportamiento, pues ellos dan demasiada importancia a la satisfacción de sus necesidades, dando una exagerada atención a sus sentidos.
Entonces, a pesar de que sienten necesidad de sentirse seguros en establecer una relación duradera, si su pareja no logra llenar todas sus expectativas, pueden fácilmente buscar estabilizarse fuera de la relación, pero sin desatar el compromiso anteriormente tomado, ya que esto implica el riesgo de quedarse solo.
A este tipo de personas les cuesta entender que su pareja no es alguien que simplemente está ahí para satisfacer sus necesidades. No logra ver al otro bajo los mismos parámetros que dirige hacia sí mismo, pues siente que las demás personas funcionan en torno a él y para él. Por lo tanto, puede llegar a justificar su comportamiento, e incluso culpar a su pareja de una falta de cuidado o derechamente de abandono, porque puede creer que la causa de lo que hace corresponde a un incumplimiento de la otra persona en el acuerdo establecido en la relación.

 

Los Engañados

Por lo general, quienes viven este rol tienen como denominador común el miedo. Quizás porque temen asumir los defectos de los otros, tanto como los suyos propios, y buscan desesperadamente a alguien que los haga sentir seguros.
Como en el punto que mencioné al principio, la vida es cambio, por lo tanto esta idea de encontrar a la persona adecuada para que nos acompañe el resto de nuestra vida, puede convertirse en un idea utópica y poco aterrizada respecto a realidad cambiante a la que nos vemos enfrentados. Sin embargo, la gran mayoría está de acuerdo en que esa persona existe, y que está en alguna parte del mundo esperándonos para alejarnos de la aterradora idea de que debemos enfrentar el mundo solos.

Si bien hay muchas parejas que logran establecerse y perdurar en el tiempo, la gran mayoría sabe lo mucho que cuesta equilibrar las necesidades de cada uno dentro de la relación. Amor, una buena comunicación y mucha capacidad de ponerse en el lugar del otro, son necesarias.
Pero lo es también el propio desarrollo personal como individuos completamente independientes.

Quienes se sienten engañados, en realidad se han estado engañando a sí mismos, y no porque no hayan sido capaces de ver que el otro podía ser capaz de volverse infiel, sino que más bien, porque se aferran a una verdad irreal, que es pretender que las personas sean y se comporten de la forma en que nosotros esperamos.
También la tendencia a exigirse a sí mismos demasiado poco, sin asumir que debemos enfrentarnos al aprendizaje y al crecimiento, lo que implica una clara disposición a los procesos de cambio y a la responsabilidad que tenemos cada uno en nuestro desarrollo personal.
Todo esto se puede resumir en un buen estado de autoestima, pues la persona que se hace cargo de sí sabe y acepta que puede y debe cambiar para mejor, lo que podría implicar un quiebre en su relación, no porque no exista amor, sino porque entiende que la relación cumple también ciclos y fases de aprendizaje.

El que cae en engaños le teme a esto. Teme descubrir cosas en sí mismo y avanzar, o simplemente moverse de lo que él había establecido como seguro. Es como una negación a la aventura de la vida.

Sin duda, asumir nuestra naturaleza y mantenernos abiertos a los cambios que podamos experimentar tanto individualmente, como en pareja, lograrán que internalicemos mejor el hecho de ser responsables y sinceros en nuestras relaciones, y enfrentar nuestras verdaderas necesidades de la mejor manera posible.

 

Texto por Liz R.Rey