Para observar simbólicamente el dolor de huesos y traducir su existencia, es necesario que entendamos que el cuerpo es el puente que comunica nuestra propia energía. La separación mental y física se diluye en nuestra inconsciencia, por lo que, lo que sea que nos ocurra en nuestro interior, o cómo nos sintamos, se reflejará en todo nuestro ser.

Podemos entender el dolor de huesos como unamanifestación de algo profundo, ya que éstos se encuentran al “fondo”, bajo nuestra piel y nuestro músculos. Esta profundidad, que por lo demás es bastante dura en relación a otras partes del cuerpo, también nos habla de que el hueso es nuestro “cimiento”, una estructura de quiénes somos.

Cuando el hueso se ve afectado, las molestias están sugiriendo algo profundo que corregir. Sin embargo el hueso es duro, llega a un límite de crecimiento, por lo tanto este tipo de dolor también nos pone en un lugar de “imposibilidad” de cambio. Esto no necesariamente es real, ya que la mente es la que percibe el cambio de esta manera, aunque sea perfectamente posible efectuar modificaciones en nuestra vida.
Considerando estos puntos, podemos entonces afirmar que el dolor de huesos es llegar a nuestro “límite” de cambio. Más que resistencia, es nuestro ser diciéndonos “no voy a hacer esto, o esto otro, porque si no me desarmo”…

Entonces cabe preguntarse: ¿cuál es mi límite?, ¿por qué mi límite me causa dolor?, ¿por qué siento que tengo que ceder, aunque sé que no puedo porque me hago daño?…

Nuestra estructura ósea es nuestro soporte, así que también puede estar relacionado a asuntos materiales que nos den la misma sensación de cimiento o solidez. Para algunos puede ser su casa, familia, un terreno, cualquier cosa que nos de seguridad material tangible (no tan mental como el dinero).

Pero también el dolor a los huesos nos habla de un rechazo muy profundo a quiénes somos. Por lo general nuestra percepción de identidad se crea en nuestra familia. Adquirimos hábitos, maneras de ser, historias familiares, siendo esto de alguna manera natural ya que forma la continuidad kármica y la evolución tanto familiar como individual.  Podemos entender esto concibiéndonos como una creación de nuestros padres, y por lo tanto directamente relacionados a ellos. Por lo tanto, si rechazo a mi madre o a mi padre, también estoy en el fondo rechazándome a mí mismo.

 

¿Qué hacer?

Primero que nada, entender las molestias corporales como una alarma. Nuestro cuerpo quiere que escuchemos nuestra propia incomodidad, y que nos atendamos.

Si lo que me molesta o rechazo está afectando negativamente mi vida, entonces quizá ha llegado la hora que observe lo que me causa el problema, desde otro punto de vista.

Aceptar que cambiar a los otros es mucho menos probable, que cambiarnos a nosotros mismos. Cuando nos referimos a “cambiarnos”, aquello no implica que reneguemos de nuestra esencia, por lo que es sumamente importante que aprendamos a ACEPTARNOS, darnos espacios para entender nuestras necesidades, y carencias, así como también reconocer las necesidades y carencias en nuestros seres queridos.

También es importante, aceptar la raíz de nuestra resistencia al cambio. El dolor a los huesos, suele inmovilizar, imposibilita el movimiento, por lo que podemos entender estas dolencias como una necesidad de parar, para pensar mejor en cómo seguir o qué camino elegir.

Si hemos llegado al punto de ponernos rígidos, hay que considerar hasta qué punto estamos tomando una postura ideológica o convicción, que termina siendo perjudicial. Aquí nos conviene repasar nuestras creencias, porque pueden ser ellas las que ya no aplican para nuestro avance espiritual, como por ejemplo apegos exagerados, sobrexigencia psicológica o física, culpa, o una excesiva tendencia a acumular rabia por miedo a perder algo o alguien.

 

Observarnos antes de criticar, darnos un tiempo para entender nuestras reacciones físicas, puede ayudarnos a comprender mejor nuestros límites, así como también abrirnos a nuevas vías para responder de mejor manera a las exigencias de la vida.

 

Texto por Liz R.Rey