La Construcción de la Máscara

La cara le quema tanto a veces que siente que jamás puede olvidar su enfermedad. Incluso algo tan simple como sonreír, puede provocarle dolorosas heridas y sangrar de repente, como si tuviera la carne viva todo el tiempo
Estás son algunas de las características de esta molesta manifestación física llamada Rosácea. Problema que analizaremos ahora desde el punto de vista de la simbología.

La piel es nuestra barrera protectora con el entorno, pero además de ser una especie de escudo, también es un puente de comunicación de nuestras emociones. Por ejemplo, si nos sentimos muy asustados nuestro rostro se pone pálido, o sudamos excesivamente. O por el contrario, nuestra cara puede ponerse muy roja si estamos expuestos a situaciones muy embarazosas, o si algo nos hace enfadar mucho. En otras palabras, nuestro cuerpo responde al entorno, con este tipo de resultados fisiológicos, pero que provienen principalmente de un estado emocional particular.

Cuando ocurre la Rosácea, la inclinación del organismo es de manifestar aquella reacción emocional relacionada a vergüenza o enojo, por tiempos más prolongados. Pero, ¿por qué?…

Puede ser que se haya aprendido a suprimir aquellas emociones negativas, creyendo que es la forma correcta de lidiar con ellas, sin embargo, el cuerpo las reconoce y las proyecta hacia afuera como algo natural, pues es lo que corresponde a dicha emoción.

La tonalidad roja de la piel, el exceso de sangre circulando en la zona del rostro, nos habla también de un deseo de ser visto con aquella reacción. Este deseo puede ser obviamente totalmente inconsciente. Podemos creer que no queremos ser vistos o identificados con este tipo de emociones, pero el cuerpo hace justamente lo contrario, porque lo que se siente dentro necesita de la atención de otros. Por lo tanto, este ego que se pretende callar, sólo busca salir a escena y manifestarse en todo su esplendor.

El ego no es malo. En su justa medida, nos permite mantener una relación sana con nosotros mismos. Es por ello que la manifestación de la Rosácea, puede ser una oportunidad para atender aquel lado egocéntrico que estamos intentando suprimir.

La Rosácea puede ser una pataleta reprimida en un adulto.

¿Cómo manejamos la frustración?

Rabia y vergüenza, son los ingredientes de los que nace la Rosácea, por lo que conviene preguntarnos cuáles son las formas que nos enseñaron de niños, o que aprendimos de nuestros padres o cuidadores, para poder sobrellevar los sentimientos de frustración.
Si no tuvimos un ejemplo claro y sano de cómo manejar estos sentimientos, es muy probable que nuestra reacción vaya de la mano con una incapacidad de fluir con este tipo de emociones.

Me pongo rojo, la cara se me hincha, sobretodo la nariz, como cuando lloro…

Es que probablemente para cuerpo, estás llorando. Lo que se siente, se manifiesta en nuestro yo material. Por eso es importante reconocer que la emoción existe, para abrirle un camino consciente y apropiado.

La cara me pica, la piel se me rompe. Pareciera que tuviera llagas…

¿Cuánta incomodidad con uno mismo se puede soportar? Aquí hay una cuota importante de culpa por lo que se siente. Siendo que es altamente probable que ese yo egótico, lo único que está haciendo es pedir asistencia. Quizás este tipo de personas aprendieron que no está bien “molestar” a los demás por ayuda, pero la realidad es que nos necesitamos unos a otros.

Me veo tan mal, que ya no quiero salir, prefiero que nadie me vea…

Esto no es tan malo. El aislamiento por esta “herida abierta”, que es como se siente la Rosácea, es parte del proceso de sanación. Lo importante es que se aprovechen estas instancias de soledad para atender aquellas emociones negativas, pero totalmente humanas, para que se les de la acogida que merecen, se las comprenda y se les permita hacer su trabajo, que es llamar la atención de su entorno, sean éstos familiares, amigos, pareja, porque la Rosácea es una manera de COMUNICACIÓN, un intento por aprender a pedir lo que no hemos sabido escuchar aún dentro de nosotros mismos.

 

Para terminar, es importante consultar un especialista (dermatólogo y psicólogo), pero principalmente es muy determinante tomar consciencia de nuestros estados internos. Comprender que para nuestro cuerpo esa ha sido la mejor manera de proyectar nuestro mundo interior, por lo tanto se asume que es un “estado” más que una enfermedad.

 

 

Texto por Liz R.Rey