Tener el control, hacer nuestra voluntad, luchar, cambiar, conseguirlo, lograr la felicidad, y así, y así… Frases y palabras, ya a estas alturas, demasiado manoseadas en la era de los coach.

Me imagino el inicio de una carrera deportiva, con miles y miles de personas intentando lograr aquello que tanto desean. Miles con caras de angustia, o de fieras dispuestas a comerse a quien sea con tal de ganar…

La naturaleza funciona en base a la cooperación. La ley del más fuerte, esa parte animal que lucha por comida y sustento, queda un poco fuera de nuestra realidad humana de hoy (un poco, porque sabemos que desgraciadamente hay partes en el mundo en donde esto no está resuelto aún), ya que actualmente somos una civilización que dispone de prácticamente todo lo básico (y más) para subsistir. Y es aquí donde cambia el asunto, porque como ya hemos “resuelto” nuestras necesidades básicas, aparecen estas otras cosas, como ganarle a qué se yo, o ir por no sé qué, en donde la cooperación se va “a las pailas”.
Bajo este nuevo paradigma de lucha, el amor se vuelve algo peligroso, riesgoso, e incluso algo tonto, porque primero estoy “yo” con todo este saco de cosas por hacer y cumplir para ver si es que con eso, logro quererme un poquito más y sentirme mejor con mi vida.
Yo no digo que esté mal conseguir lo que uno quiere, ese no es el tema, sólo que discrepo en la manera en que se entiende tener voluntad y ambición, porque al final y si lo pensamos bien, esa palabrería del “logro” sólo busca hacer acrecentar nuestra frustración y el rechazo a nuestra realidad.

Pero, ¿cuál es exactamente la Realidad?
La verdad es que puedo proponer desde mi humilde observación lo siguiente:
Los roles, la vocación, y nuestras formas de desenvolvernos en el mundo, están estrechamente relacionadas con nuestra crianza, por lo que generalmente podemos apuntar a nuestro clan como el responsable de nuestros patrones de conducta, que a su vez, también ha sido afectado por el clan anterior. Si es así entonces, nuestra vida y los resultados que obtengamos de ésta, no tienen que ver exclusivamente con lo que hagamos ahora nosotros, si no con toda la información que hay detrás. Por ejemplo, una chica de 25 años se jacta de haber armado su propia empresa. Sus padres son profesionales, su tío empresario. En los almuerzos del domingo comparten sus expectativas y experiencias. Hay todo un ambiente alrededor de ella que le da herramientas para hacer lo que quiere hacer. Ella claramente viene “predestinada” a conseguir sus ambiciones y a desarrollarse profesionalmente. Distinto a este otro caso: una chica también de 25 años tiene su propia empresa, pero no le va muy bien. Su madre se esforzó mucho para lograr pagar su educación profesional, porque ella no la tuvo. A su padre, casi no lo conoce, a pesar de que lo ha visto. La idea de armar su empresa nació por necesidad, sin tener idea de cómo hacerlo, se embarcó, pero el camino es muy empinado y está exhausta.

¿Cuál de las dos chicas tiene más éxito?
Las dos tienen empresas en condiciones muy diferentes. Sin embargo, y a pesar de que ambas recibieron una educación profesional similar, el peso que lleva la última tiene estrecha relación con los resultados que obtiene.

El karma es una consecuencia, y nosotros somos “la consecuencia” de nuestra familia.

Viéndolo desde este punto de vista, ¿por qué aspiramos a solucionar el mismo tipo de problemas, siendo que tenemos karmas diferentes? Es cierto que a veces encarnan almas súper desarrolladas, que vienen a romper esquemas y parecieran tener el don de hacer y hacer lo que se proponen con facilidad, a pesar de las dificultades, pero esos casos son el 1% de la población, porque por lo general, todos nosotros estamos inmersos en esta pirámide de lucha, intentando llegar a la cima.

Yo no quiero que la gente deje de luchar, pero sí deseo con todo el corazón que se valore lo importante, porque al final lo que queda son nuestras experiencias afectivas, nuestra manera de ser, el amor que hemos sido capaces de entregar y lo que de acuerdo a nuestra perseverancia y capacidad, hemos logrado integrar en nuestra consciencia.
Todo el resto de cosas, espero que no se lo tomen tan a pecho, porque la vida también es veleidosa y puede llevarse todo lo que conseguimos cuando quiere.

Nuestras vidas son valiosas así como son, con todo incluido. Y si les tocó llevar un karma más grande, piensen que, en el clan de esa chica exitosa que pareciera tenerlo todo, también hubo alguien igual que nosotros, en nuestro mismo lugar, preguntándose qué tiene que hacer para llegar más lejos. Alguien tiene que dedicarse a construir los cimientos, para que el futuro clan se dedique a “decorar la casa”.

Hacer con desapego, con humildad, dosificar la ambición, y amar lo que se tiene y lo que se debe hacer, por sobre todas las cosas.

Sea un buen juez para usted mismo, y sea justo con su realidad. A lo mejor no tiene que llegar a esa cima, pero sí hacer avanzar a toda una generación hacia el próximo escalón.

Eso es éxito.

 

Texto por Liz R.Rey