Los tatuajes se han ido convirtiendo hoy en día, en una manera común de marcar individualidad. Su interpretación puede ser bastante extensa, pues por el hecho de ser un tipo de arte gráfico, incluye símbolos que de manera independiente, que se suman a todos los otros factores estéticos que hacen de éste, una vía de comunicación y expresión. Es por ello que en este artículo, analizaremos el acto de tatuar en sí mismo, más allá de sus características puramente estéticas.

De todas formas y de manera general, debemos considerar que la apariencia física ha sido valorada en todas las culturas y momentos de la historia. Esto no es casual, ni tampoco reflejo de una visión meramente superficial de la sociedad. Como nos vemos, es la primera referencia que tiene el otro para hacerse una idea acerca de quienes somos, y junto con ello determinar si al relacionarse con nosotros, se encuentra en “peligro”, o por el contrario, si es beneficioso tomar contacto.

Pero debemos ser flexibles y objetivos antes de juzgar estéticamente un tatuaje, considerando las variantes culturales, con sus respectivos cánones de belleza. Y debemos incluso considerar también que quizás el tatuaje, no se ha realizado únicamente con la intención de atraer y encantar a los demás, si no todo lo contrario, porque hay quienes lo usan como “repelente” social, o como una manera de marcar rebeldía.

Ahora, en el acto mismo de tatuar, podemos observar que la relación entre tatuador y tatuado, tiene como base la confianza. Por una parte está quién toma la responsabilidad de hacer el tatuaje, y por otro el sometimiento de quien se entrega al tatuador. La persona que quiere el tatuaje se encuentra vulnerable físicamente, pero además acepta el hecho de que lo que quiere implicará un dolor intenso. Esto se puede leer como un patrón de “éxito” a través de circunstancias intensas, el logro o recompensa está condicionado bajo parámetros extremos. El dolor obliga a conectarse con uno mismo, pero es provocado bajo consentimiento y a través de un “acto de fe”; “creo en lo que hace el tatuador”. El dolor intenso inhibe toda relación con lo externo, sólo existe el dolor. Quien pasa por este proceso, “vuelve” como “reiniciado”. Se es un ser “nuevo”, junto con el tatuaje.

Por otra parte, el tatuador actúa como canalizador de aquella energía transformadora. Necesita “tocar” al otro en un nivel muy profundo. Rompe la piel. No quiere límites. Invade con la tinta, como cuando las palabras invaden la mente con una nueva idea. Es el que viene a ayudar en la “revolución” del otro. También debemos considerar que su responsabilidad incluye su propio sentido de exigencia. Es un artista que toma a un humano como “lienzo”, por lo tanto, su rol igualmente implica marcar un dominio en el otro, y un reconocimiento por los demás. Entonces el tatuador no deja de pensar en sí mismo, no se “pierde” en este contacto tan profundo, si no que sólo explora y toma dominio, “lo marca” y a la vez se expresa.

Como conclusión, podemos afirmar que el acto de tatuar esconde una especie de “iniciación”. Se va al encuentro con un nuevo yo, que nace desde ese contacto premeditado con el dolor, y que promete abrir un canal diferente para la expresión de lo que antes, estaba reprimido.

Como un complemento, este arte en la piel, muestra un nuevo parámetro de comunicación en mí. Comunicar ya no sólo es mi forma de erguirme, mi manera de vestir, el tono de mi voz. También ahora comunico con mi tatuaje. Pero, ¿qué razones llevan a tomar la decisión de hacerse uno?…

Como se menciona al principio de este artículo, lo estético tiene un rol sumamente importante en la comunicación, pues es una vía de expresión y de individualización. Pero a diferencia de otras “modas”, el tatuaje, posee una intensidad mucho mayor, pues permanece en el tiempo. Se quiere cambiar del todo, sin opción de volver atrás. Esto puede ser indicador de que es necesaria una reafirmación social, pero de manera superficial, pues la opinión se expresa a través de “mi imagen” por sobre mí discurso hablado, por lo que podríamos concluir que quiénes elijen un tatuaje, prefieren mantener un tanto a raya sus opiniones verbales.
Así también, quienes optan por tatuarse, lo hacen intentando agradar a personas con gustos estéticos similares y por ende, a quienes tengan los mismos códigos comunicacionales. Ser leído, reconocido, integrado, es una de las funciones del tatuaje. Pero conjuntamente, esto puede traer el efecto contrario. El rechazo de los que no entienden mi tatuaje, porque los asusta o simplemente, porque no les gusta. Como sea, el ser tatuado genera una definición de quién soy, como un “tilde” en mi personalidad, y una concreción en mi deseo de ser integrado dentro del núcleo social que me agrada.

 

Texto por Liz R.Rey