El Apego a la Leche

El cuestionado consumo de lácteos desde un punto de vista nutricional, no será tratado aquí, pero sí intentaremos dar una mirada a este producto a modo de símbolo.
Primero que nada, los líquidos (agua) tienen una relación simbólica con nuestras emociones. Caracterizados por su fluidez, se fusionan y circulan a través de nosotros (ciclo del agua).
Nos detendremos a analizar primeramente a la leche, pues es de ella que derivan lácteos como el queso, mantequilla, yogurth, etc.

Podemos observar que la leche es más pesada que el agua. Contiene proteínas, grasas, vitaminas, hidratos de carbono y minerales. Por lo tanto hay un valor nutritivo en ella, como alimento y como materia que se “instala” en el cuerpo. Esto es muy importante porque, hay en la leche una función de nutrir de la que carece el agua por sí misma (obviando los minerales).
En artículos anteriores hablamos de que ciertos problemas alimenticios, refiriéndonos a la digestión propiamente tal, pueden ser espejo de un conflicto en la forma que tenemos de enfrentar nuestra propia materialidad y contacto con el mundo.
El alimento para ser ingerido, necesita de una apertura física de nuestra parte. Implica “abrirnos” y dejar entrar lo externo en nosotros. Bajo esta premisa, podríamos afirmar que la leche puede suplir en parte nuestro conflicto a ese contacto material con la comida, y funcionar como un alimento “suave” y ligero, que a su vez, no implica un roce tan estrecho con la materia, si no que fluye en nuestro cuerpo rápidamente.
Es una alimentación, desde el punto de vista físico, más bien “fácil”.

Por otra parte, el hecho de que sea un alimento líquido, evita que usemos nuestros trituradores (dientes) y masticar. Aquí no requerimos de esa fuerza, no es necesario un desgaste, lo que puede simbolizar una cierta comodidad, o intención de “no esforzarse” en conseguir la alimentación (como los bebés). Sin embargo, gran parte de sus nutrientes apuntan directamente a fortalecer nuestra estructura ósea, la parte más sólida de nuestro organismo.
Podríamos con esto recurrir al dicho: “ir al hueso”.
Nos alimentamos rápidamente para fortalecer nuestra estructura, nuestro soporte. Palabras claves para entender que quizá hay una necesidad en robustecernos desde lo más profundo en nosotros, físicamente y psicológicamente hablando.

Es importante mencionar que al hablar de estructura podemos referirnos directamente a nuestro núcleo familiar. Y si bien, son nuestros cercanos los que ponen los cimientos en la definición temprana de nuestro ser, somos nosotros los que debemos alimentar también su existencia, pues de ello depende nuestra propia vida.

Por otra parte, la leche está intrínsecamente asociada a madre, pues es ella quien en nuestros primeros años de vida, nos nutre con este alimento. Pero no por esta razón el consumo de lácteos en adultos hace necesariamente referencia a ella, ya que en sus variedades nos ofrece sabores distintos (quesos salados por ejemplo) que tienen una vinculación más directa con el consumo de grasas y sal (de lo que hablaremos en profundidad en otro artículo).

El sabor dulzor de la leche, que sí tiene un efecto mucho más concreto en nuestra psique, se asemeja al primer contacto con el alimento y a la sensación de ser nutridos y protegidos. Protegidos porque, es en brazos de nuestra madre que ocurre la nutrición.

Si bien algunos nutricionistas sostienen que no es recomendable el consumo de leche en adultos, existen muchos que aún se niegan a dejarla, porque, ¿podrían dejar algo que les gusta?. Si el cuerpo se siente bien, si se activa alguna pequeña remembranza a esa vivencia tan dulce e íntima como lo es la relación madre e hijo, ¿para qué negar la satisfacción y el derecho a aquel efecto analgésico?.
Más que cuestionar su consumo, detengámonos a observar el por qué de su necesidad.

Para terminar, todas las observaciones que hemos hecho intentan calar en simbolismos, buscando una comprensión real de las causas que nos llevan a actuar de cierta manera, o a adquirir determinados hábitos.
Para esto es muy importante no juzgar, si no comprender y aceptar que existe una razón o respuesta de acuerdo a cómo nos sentimos en relación con el mundo.

 

Texto por Liz R.Rey