Cuando reprimirnos, no nos deja fluir

Nuestra sociedad está fuertemente condicionada por imágenes burdas sobre la felicidad. Constante y precozmente somos bombardeados por ideas de cómo y qué debemos esperar de nuestras vidas. Pero tarde o temprano, nos damos cuenta que el camino al “éxito” puede llegar a ser mucho más trabajo de lo que imaginábamos, o por otra parte, ni siquiera acercarse a lo que nos hace sentir cómodos y felices.
Lamentablemente, no siempre estamos conscientes de ello.

No es raro escuchar a alguien por qué no es feliz, y si bien las razones de ello varían según la edad o las experiencias vividas, también se ha instalado fuertemente la convicción de hacer lo posible por no demostrar aquella infelicidad.

¿Y qué pasa con la pena reprimida?

Una de las manifestaciones de la tristeza es el dolor del cuerpo, el cansancio, pero ahora nos enfocaremos en la extensión del ser humano, que es la realidad misma.

Debemos fijarnos en la falta de viveza de nuestro entorno, como primera señal. Un lugar que no se vuelve próspero, en que las plantas se secan, los animales se enferman, puede ser consecuencia de la desarmonía de la energía dominante.

Los lugares sucios o desordenados, también pueden ser una señal de desidia.

A veces la tristeza puede acumularse entre muchas personas que no la manifiestan, o no la asumen, y con ello engendrar una clima de apatía, o desinterés en generar bienestar. Volviéndose la pena, como una especie de droga que va mermando poco a poco el curso de la vida.

Pero la tristeza no es mala. En cantidades precisas puede conectarnos con nosotros mismos, y generar una purificación de nuestro mundo emocional.

Llorar es un buen ejercicio, primero porque alivia el alma y segundo porque permite contrarrestar los efectos que la tristeza reprimida puede generar en nuestro entorno.

Seríamos como sociedad bastante más genuinos si nos acercáramos a nuestro dolor de vez en cuando, en vez de recurrir a taparlo con actitudes falsas, como la doble vida que llevan muchos en las redes sociales, o al excesivo consumo de drogas y alcohol.

Por otra parte, y no menos importante, entender que muchos de nuestros dolores están siendo generados por perseguir cánones que distan de considerar las múltiples variantes que tiene el ser humano para ser feliz.

Ser feliz es una búsqueda individual, pero también colectiva. Aprendamos a valorar cada una de nuestras reacciones para llegar a ello.

 

Texto por Liz R.Rey