Una vez tuve un sueño en que una niña pequeña, completamente dorada, era fusilada. Observaba la terrible situación con una angustia enorme, no sólo por lo que estaba pasando, sino que también, por la tremenda impotencia que sentía.
Cuando veo las noticias sobre tiroteos, se me viene la misma sensación que experimenté en ese sueño. Desesperación, impotencia…

La pregunta es: ¿por qué alguien desea que sintamos eso?. Consciente o inconscientemente, quien toma la decisión de agredir de esa forma a los demás, no sólo buscar violentar físicamente al resto. También desea que quiénes estén alrededor sientan el sufrimiento psicológico que conlleva estar en peligro y presenciar el dolor humano en su máximo.

De hecho, si pensamos en profundidad, la violencia física, en realidad nunca es solamente violencia física. Siempre va acompañada del dolor emocional que implica tener consciencia de nuestra fragilidad, del miedo a la muerte.

Esto el agresor lo sabe. Matar o intentar matar públicamente, hiere de muchas formas. Quizás es por ello que las armas de fuego son elegidas para estos horrendos actos, pues resuelven rápidamente el riesgo de ser obstaculizado por alguien.

La velocidad en que se puede perpetuar un ataque, puede ser determinante en su éxito, pero quiénes eligen herir con un arma de fuego, no sólo desean herir, también desean ser en alguna medida reconocidos. Vivir un poco esa adrenalina de ser susceptibles de ser capturados. Desean luchar, pero atacando por sorpresa, llamando la atención. Quieren controlar a través del miedo, sin dejar de sentir miedo ellos también.

Por otra parte, está el control de la situación. Cuántos disparos, a quiénes van dirigidos, son decisiones muy específicas, a diferencia de quienes usan bombas, que hieren desde otra perspectiva (hablaré de los bombardeos en otro artículo).

Desde el punto de vista de la materialidad, una bala de acero representa durabilidad y resistencia. Es el viaje de una convicción, una idea que quiere instaurarse, que pretende hacerse escuchar. Es fuego, aire, metal. Irrumpe con sonido, deforma, rompe. La bala siempre se queda, no desaparece.

Todas estas características nos muestran que la expresión de la realidad interna, se recrea a través de nuestros actos.

Podríamos decir entonces que una de las razones, o más bien dicho, de la sin razón de los tiroteos, nace desde la necesidad de sentirse importante. La relación de la densidad de una bala con el ego, que energéticamente es la vibración menos elevada que conforma al ser humano, se asemeja a la percepción del yo en el mundo.

Ojalá pudiera terminar este artículo con alguna recomendación para evitar se vuelvan a repetir estos lamentables hechos. No es tan fácil, pero tampoco imposible. A lo mejor cabe preguntarnos ¿qué tanto nos ocupamos como sociedad en educar nuestras emociones?. Sin duda, partir por identificar y reconocer nuestras necesidades afectivas, nos ayudará a comprenderlas y lidiar con ellas desde una perspectiva más humana y más equilibrada.

 

Texto por Liz R.Rey