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Como seres humanos, y por ende seres sociales, estamos constantemente necesitando relacionarnos con otros. Ser escuchados y a su vez escuchar a los demás. Esta necesidad básica nos permite integrar una parte del mundo, que de otra forma, nos sería imposible conocer. Desde ahí pueden nacer conceptos sobre lo que está bien o mal, la sensación de compañerismo y de pertenencia. Sin embargo, hay ocasiones en que de nuestras relaciones puede aflorar una cualidad negativa, y lamentablemente muy común, la envidia.

Sabemos que la envidia es el resultado de una comparación, en la que la persona que la siente, cae en un estado de resentimiento con el otro, observando a ese alguien como un ser que pareciera tener más, lograr más, o simplemente, gozar de una mejor vida que nosotros.

Quien siente envidia, reacciona mostrando una necesidad de competir con aquel individuo “feliz”, bloqueándolo de alguna manera, o simplemente generando sentimientos negativos hacia esa persona. Ese uso de la propia energía, enfocada en “derribar” al otro, supone un desgaste considerable. Ganemos o no, la energía es usada, y si no tenemos cuidado, perdida.

Los humanos somos como un todo, aunque a simple vista no lo veamos así. El bienestar, no le pertenece sólo a una persona. Quienes intentan demostrar su felicidad a otros, son irreales, y probablemente no felices, porque si por algún motivo intentan ser felices sin considerar a los demás, no están generando verdadera felicidad. Como muchos de los casos de personas que se quitan la vida, siendo que aparentemente, lo tienen todo.

Por lo tanto, podríamos decir que la raíz de la envidia es el individualismo, pensarse y creerse separado de los otros. El no amor.

Tanto el que siente envidia, como  el que la provoca, está en la misma vibración. Ambos están separados de la fuente de amor, por llamar de alguna forma a nuestro estado puro de aceptación, serenidad y armonía.

Si nos hemos visto en alguno de estos casos, podríamos hacernos las siguientes preguntas:

¿Buscamos hacer feliz a alguien más?

¿En qué minuto de mi vida me he sentido más feliz?

¿Es algo que no tenga ahora, o es algo que he dejado de valorar porque siempre está ahí?

Probablemente todas sus respuestas estén centradas en el amor.

No sentir nunca envidia, o no llegar jamás a provocarla, es algo complejo. Somos seres cambiantes, tanto como el mismo mundo. Pero el sólo hecho de poder observar lo que nos ocurre o lo qué podemos llegar a provocar en otros, ayuda a aceptarnos y a no desviarnos de nuestra verdadera esencia humana, la dualidad y la necesidad de equilibrar sus opuestos.

 

 

Texto por Liz R.Rey