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A propósito de la cantidad de movimientos sísmicos ocurridos en Chile, y que cada vez suceden más seguido en todo el mundo, también podemos darles un simbolismo a los temblores y lograr entender un poco del por qué de su manifestación.

Cuando nosotros queremos algo, primero sentimos la necesidad, identificamos lo que nos falta. Albergamos la idea de cómo lograr eso que deseamos, para posteriormente, llevar nuestro plan a la acción. En el caso de los terremotos, las energías en movimiento pretenden llevarnos a eso mismo que deseamos, pero que no hemos sido capaces de concretar conscientemente.

Tal vez muchos de nosotros (quizás la mayoría) cree que las cosas, nuestras estructuras sociales, económicas, etc., no son las mejores. Para la humanidad, existen muchas evidencias de que ellas no nos sirven. Como por ejemplo, la sensación de que estas estructuras coartan nuestra libertad y nuestro bienestar. Pero a su vez, tenemos que enfrentarnos con la realidad de que al parecer, hemos sido incapaces de resolver aquellas falencias tan evidentes, que van llevando al río de la humanidad a un mar “equivocado”.

Nuestra impotencia, exacerbada por la incompetencia de nuestros actuales líderes, nos dejan en una situación parecida a un callejón sin salida. Esa energía, esa necesidad de cambio, sin embargo, existe. Y algunas veces sólo se manifiesta como una profunda incomodidad y amargura. Amargura, porque nuestros reclamos no generan un cambio, sino que sólo identifican y aumentan esa necesidad, además de evidenciar nuestra falta de iniciativa y resolución para enfrentar nuestros problemas.

De forma muy global, “el reclamo”, la necesidad de cambiar el sentido de la existencia en este mundo, se ha ido manifestando. El algunos países, se reclama por mejores condiciones económicas. En otros, por más humanidad.  Como sea, mejorar es el denominador común.

Tal vez son tiempos en que las posibilidades de reformar nuestras estructuras, son realmente viables, pero es necesario reconocer nuestra capacidad de hacer pequeños cambios primero, y sin duda, lograr identificar qué es exactamente lo que nos vendría mejor, generando nuevas o mejores bases valóricas acordes a nuestras verdades y necesidades.

Entonces, conviene hacerse preguntas cómo: ¿quiero estar dónde estoy?, ¿reconozco y valoro el sentido de comunidad?, ¿cuán responsable soy en la sociedad en que vivo?, ¿qué cambiaría y cuál es mi nivel de compromiso con el bien común?, etc…

Otro tema importante en la simbología de los terremotos, son  las grietas. Ellas cumplen la función de “amenazar” la estabilidad y aparente seguridad que representa una pared. Cuando la grieta aparece cerca del techo de una casa, es necesario preguntarse ¿cómo es mi conexión con lo divino?, ¿cómo anda mi fe?, ¿puedo creer en algo más allá de lo terrenal?. A diferencia de las casas, las grietas en los techos de los edificios varían de significado, dependiendo el piso en que se encuentren. Si están en los pisos de abajo, tal vez convenga preguntarse ¿qué tanto me agobian los problemas de los demás?, ¿llevo mucha carga o mucha responsabilidad?, ¿tengo problemas con los símbolos de autoridad, como mis padres?. Y acercándose a los últimos pisos, se asemeja a la búsqueda de la conexión con lo divino como en el caso de las casas.

Si las grietas están más cercanas al piso, quizás la necesidad de querer cambiar la propia estructura es primordial. Algo de cómo nos hemos ido desenvolviendo en el mundo, necesita ser corregido.

Por último, no está demás decir que la analogía de “derribar muros” en los terremotos, se refiere precisamente a eso, desde nuestras viviendas a nuestro individualismo. El sentido del “yo” desafiado, y para su bien.

Texto por Liz R.Rey