personas, símbolos, espíritu

Relacionarse con otros es lo más natural del mundo. Todos los días vemos y nos comunicamos con un sin número de personas. Personas que pueden o no ser significativas en nuestras vidas. Personas con las que interactuamos, compartimos nuestro mundo, y que a su vez, nos invitan a recorrer el suyo.

Conocernos a nosotros mismos es una tarea sumamente compleja, sin embargo, muchas veces afirmamos conocer al otro. Saber cómo es, cuáles son sus gustos, etc… y concluimos algunas ideas sobre ella. Esto es normal. Como humanos, buscamos la sobrevivencia, y para bien o para mal, nuestro cerebro “clasifica” a las personas o a los acontecimientos, para poder entender nuestro entorno y lograr desenvolvernos de la mejor forma en él.

Lo importante aquí es comprender que nuestro cerebro se maneja con juicios, más que con hechos exactos, ya que no suele disponer de la suficiente información sobre su entorno, sino más bien, con una información reducida que le permite sacar conclusiones acerca de éste.

Por otra parte, no sólo juzgamos mediante la información adquirida en nuestro presente, sino que además, nuestras experiencias pasadas quedan grabadas en nuestro subconsciente, llevándonos a considerarlas como parte de “posibilidades tangibles” en nuestra realidad actual. No es raro entonces, que mezclemos hechos con diferente data, para hacernos un panorama “completo” de la realidad que observamos hoy.

¿Por qué las personas se vuelven símbolos para nuestra mente?. Porque nos es prácticamente imposible conocer a alguien en su totalidad. Además de considerar que cada persona está constantemente afectada por su entorno, y no exenta de cambiar. Nosotros como humanos, necesitamos decodificar nuestro ambiente rápidamente, para acceder a las posibles alternativas de sobrevivencia.

Por ejemplo; si observamos a alguien rodeado de gente con algún vestuario, forma de hablar o de expresarse, que esté fuera del tipo de personas que aceptamos como “confiables”,  nuestro cerebro recurrirá a la misma forma de “reaccionar” que usó frente a personajes semejantes anteriormente, sin considerar las posibles variantes que nos está entregando el presente. Con ello, y casi sin pensar, nuestro cuerpo físico adopta una actitud. El cerebro simplemente decodifica la información del exterior, y reacciona. Sin embargo, estas personas que hemos “clasificado”, son independientes. Con una historia propia, con un sentir único. Y muchas veces, no consideramos que su necesidad de pertenecer a un grupo, los lleva a tomar actitudes que difieren de lo que realmente son.  Por lo tanto, nuestra primera percepción de ese alguien, es tan sólo una vaga e insignificante idea, de lo que realmente tenemos al frente.

Tomar consciencia de esto, nos permite observar un poco más allá nuestra realidad y el mundo que nos rodea. Entender que así como encasillamos a algunos, al mismo tiempo nos  están encasillando a nosotros, no siendo esto algo realmente intencional, sino una parte de la dinámica de la mente para lograr desenvolverse en la tierra. Y así mismo, comprender que esa realidad que percibimos está en constante cambio, dando espacio a múltiples opciones, a múltiples verdades, a tantas variantes de “realidad”, que no nos quede otra que estar simplemente atentos y abiertos al momento presente. Y aunque “juzgar” se nos pueda volver inevitable, ya sabremos que no necesariamente hemos de quedarnos con esa única impresión.

Texto por Liz R.Rey